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Los sabores del vino
Un buen vino es aquel en el que no sobresale ningún sabor específico, sino que está equilibrado en su conjunto, dejando un paladar aromático y un prolongado sabor agradable.
Cuando se prueba un vino, el catador debe tomar un pequeño sorbo y mantenerlo en la boca el tiempo suficiente para que, mediante varias agitaciones entre las mejillas y el paladar, la lengua capte los distintos sabores. Incluso entreabiendo los labios se puede aspirar un poco de aire para oxigenar el vino en la boca y que permitirá armonizar los ácidos existentes.
Los ácidos del vino juegan un papel importante en el sabor del mismo. El sabor ácido correcto debe dar sensación de frescura y la impresión de afrutado. El exceso de acidez da impresión de verdor y agresividad.
La temperatura a la que se sirve un vino tiene gran influencia en el sabor ácido del mismo. Así, un vino tinto bebido a 18º C parece menos ácido que si se bebiera a 10º C. Los blancos, sin embargo, son más agradables si se beben frescos, entre 5º y 7º C.
Un vino con buena acidez, sin ser excesiva, produce sensación de frescor y se define como fresco. Por el contrario, un vino rico en alcohol provoca sensación de calor y se califica como cálido o ardiente, si la presencia de alcohol es excesiva.
El gusto también nos proporciona otras sensaciones táctiles, como es la suavidad a su paso por boca. Un vino con suave paso en boca se puede definir como suave, sedoso o aterciopelado. Lo contrario sería áspero, astringente o duro.
Los vinos blancos y rosados son, normalmente, vinos ligeros; mientras que los tintos suelen ser vinos con buen cuerpo, robustos y carnosos.
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